Talleres Culturales

La Formación en Música en el Héctor

Ingresé al Héctor en el '88 (tenía diez años). Cuando tuve 12, siendo espectador dentro de una actuación del Héctor donde dos alumnos tocaron un par de guitarras, sentí la necesidad por primera vez en mi vida de ser partícipe de esa comunión.

Acto siguiente, el ruego a mi madre para que me compre una guitarra. Semanas pasaron y al final mis peticiones rindieron frutos. Al fin tenía una guitarra; el problema ahora encontrar alguien que me enseñara.

Por suerte "el gordo" Juan inició una convocatoria para un curso de guitarra, que curiosamente dictaría el mismo. No sé de donde sacó la descabellada idea y digo esto, pues como todos sabemos, la paciencia no es una de sus virtudes. Esta de más que les cuente que a mí me cayeron más de un par de gritos por no hacer los cambios de acordes en el momento requerido, pero igual continúe.

Así, el gordo me empezó enseñando lo básico. Comencé practicando el Guantanamera hasta el cansancio, de ahí vino la canción del Che, que fue con aquella donde conocí los famosos acordes menores, de ahí vinieron las criolladas bailables tales como el Karamanduka y como no me voy a olvidar de la “La Masa” de Silvio Rodríguez.

Al año siguiente pasaron muchas cosas interesantes. Primero mi descubrimiento del rock como género fascinante de rebeldía y expresión (una exposición puramente mediática como se imaginarán, que continúe digiriendo todo el tiempo en paralelo), y lo segundo fue una iniciativa del Héctor: el folklore latinoamericano.

Como dije, lo segundo se dio a través de un taller de música que al año siguiente el gordo implementó dentro del curso de arte electivo. Y felizmente, esta vez hizo bien pues contrató a otra persona para dictarlo. Si más no recuerdo empezamos como veinte alumnos inscritos.

El taller comenzó enseñándonos a tocar la zampoñas como instrumento básico, y de ahí se optó por darnos a escoger los instrumentos de uso en este género, que quisiéramos tocar. Yo escogí el charango, pues me llamó mucha la atención su sonido particular. Con él aprendí a tener control de mis movimientos, ya que el pequeño diapasón del instrumento lo pedía. Meses de prácticas, gente se fue yendo, gente quedó, de ellos siete mohicanos continuaron.

Así a mediados de 1991 la primera agrupación oficial del colegio, los Tan Tan se formaron. La alineación constó de los Hermanos Kudó (Guitarras, Charango y Vientos), Rodrigo Benza (Vientos), Elmer Galván (Vientos), Gonzalo Arnillas (Bombo) y su servidor en el charango. No me pregunten como, pero todos cantábamos también. Ese crédito se lo debemos por completo a nuestro profe (quien proponía las canciones) y a los inacabables ensayos.

Llegamos a tener un repertorio de más de quince canciones, y gracias a la coordinación del gordo tuvimos tocadas en actuaciones del Héctor, festivales de colegios amigos, en pueblos jóvenes para actividades sociales, en los campamentos con el club de excursionismo del cual muchos éramos miembros, hasta nos fuimos a Piura a tocar (mi primer tour ja,ja). En resumen, fueron muchas actividades que ocuparon mi tiempo durante toda mi secundaria en el Héctor.

Si tengo que hacer una revisión, la música por un lado me enseñó de manera didáctica a ser consciente de la disciplina que uno necesita desarrollar desde muy pequeño, para más adelante aplicarlo como método que nos permita alcanzar las metas deseadas, ¿cómo en éste caso?, a través de la práctica incesante. Y el Héctor gracias a este taller me dio la oportunidad de aplicarlo.

Y por otro lado, la música me hizo enfrentarme al público, pararme sobre un escenario, dejándome solo con la única arma disponible en ese momento: la expresión de lo que uno empieza a ser y de lo que uno puede ser en un futuro. Ese algo que en ese momento crees poder hacer y lo haces, sin ser consciente del todo de lo que sucede a tu alrededor. Enfrenta tus miedos y lo podrás vencer todo más adelante, fue la lección que aprendí. Y creo, para todo adolescente es básico conocerla. De nuevo, el Héctor me dio esa experiencia a través de la agrupación, cosa que agradezco muchísimo, pues actualmente el hecho de tocar en vivo es una de las vivencias mas fascinantes que he experimentado y que sigo experimentando.

Bueno, eso es por ahora. Espero haber contribuido un poco a acariciar nuevamente este pequeño manjar de recuerdos en esta ocasión tan especial para el Héctor. La vida sigue siendo una aventura.

Un abrazo y besos para todos.

Michel B. Gonzales