SIEMPRE CON NOSOTROS, BUEN AMIGO…

Al final del 2017, nuestro buen Paco, quien formó parte activa de nuestra familia hectorina durante varios años decidió partir trazando para sí nuevos rumbos. Él tuvo a bien dirigir unas palabras a quienes lo seguiremos considerando del Héctor por siempre y que convertimos hoy en nuestro Editorial.
Cuando cursaba el último año de mis estudios escolares, en una de esas postreras clases en que ya ni se hacía nada pero que se ofrecían, a veces, propicias, para que surgiera una buena conversación o una idea genial para el futuro inexorable, un viejo maestro nos preguntó, así, sin más, si alguno de nosotros había considerado trabajar como profesor. Silencio absoluto. Luego risas. Yo le susurré a mi compañero de al lado: “ni ca, pues”.
Sin embargo, por esos giros curiosos que da la vida, años más tarde me descubrí enseñando y además por un tiempo prolongado. Tal vez porque gran parte de mi experiencia de escolar fue muy contrariada y quise reinventarla procurando algo diferente desde mi labor de docente. Pero más certeramente porque el trabajo desde el aula se constituyó, de una parte, en un reducto, último y privilegiado, de lucha contra muchas cosas tristes, pero sobre todo contra la estupidez, propia y ajena, en cualquiera de sus variables; y, de otra, en un aprendizaje, para mí el primero, sorprendente y estimulante. Sí, trabajar como maestro me ha permitido aprender más, mucho más, de lo que pudiera haber enseñado en cualquier circunstancia.
Por eso, ahora en que por fin me decido a partir, no puedo sino reconocer lo mucho que crecí y aprendí junto a mis estudiantes.
Aprendí, por ejemplo, a reconocer el valor de la intuición, tan válida y necesaria como la razón, en todo aspecto, momento y dimensión de la vida. La intuición es color, ritmo, latido, silencio y gracia. Aprendí también que la responsabilidad no es una cosa hueca y en abstracto sino un compromiso muy personal y cargado de absoluta emoción con y desde el otro. Aprendí (o re aprendí) sobre las claves del juego, el humor y el amor para subvertir el orden de lo punitivo, del grito castigador, del machismo patriarcal. Aprendí sobre la necesidad de lo significativo: una palabra, un encuentro, una lectura, una clase cualquiera, debía erigirse como algo necesario y que involucrase a cada quien, desde su ser más honesto, desde sus dudas o miedos y desde sus certezas. Aprendí sobre la importancia del ocio, no del ocio creativo ni nada de eso que suena bonito pero termina siendo tan engañoso, sino del ocio a rajatabla, ese que los chicos denominan como hueveo, ese que no se metaforiza sino que nos mueve, de pronto, a rascarnos la panza; o a mirar extasiados a la musaraña; o a dormitar a pierna suelta sobre la hierba en el parque; o a montar bici a mil, para sentirse un tanto el E.T. que atraviesa la bruma ante la redonda luna; o a caminar callados junto al malecón y a mirar el mar calmo y distante y a casi animarse a caminar sobre sus aguas para seguir hasta el otro lado del mundo. El ocio. Ocio sin el cual el mundo sería insufrible y desde el cual puede surgir la maravilla.
Se me ocurre ahora que, si la experiencia educativa se relacionase más, en su condición y dinámica, a eso del ocio o del hueveo, sería, quién sabe, exitosa.
En fin, ahora que ya me fui, les agradezco a ustedes, chicas y chicos, maravillosos, por todo y por tanto.

Paco

P.S. Cuiden a mi nieto. Por él postergué un tanto mi partida y, ciertamente, porque deseaba que lo mejor de este proyecto, que siempre vino de sus estudiantes y de sus maestros amigos, siga su pequeña pero importante historia.